Carolina Ojeda Aldrete
Recuerdo haber escuchado a mi madre regañándome por traer la ropa sucia, yo tenía 4 años y lo único que me interesaba era jugar con la tierra en el parque. Sus palabras hacían referencia a que “las niñas bonitas siempre están limpias y peinadas”. Me enseñó a que los zapatos debían combinar con mi bolso o cinturón, mi vestido siempre debía lucir impecable; yo era solamente una niña perdida en las reglas de los adultos.
Odiaba tener que soportar los jalones de cabello mientras mi mamá me cepillaba; según ella tenía un pelo muy rebelde, pero siempre lograba hacerme algún peinado para verme “tierna y arreglada”. Hasta que un día logré ponerle fin a mi sufrimiento, corté mi trenza con unas tijeras que encontré en un cajón; logré que mi cabello fuera corto. Mi madre entendió –a pesar de enojarse conmigo– que había llegado el fin de los peinados. Sin embargo, durante los siguientes años no pararon las descripciones despectivas sobre el aspecto de mi pelo rizado, ya fuera en la escuela o en mi misma casa; nunca lograba verme “bien” a pesar de ser una simple niña.
Durante la mayor parte de mi infancia fui inoportuna con mis comentarios en cualquier situación, o al menos eso decían mis padres. Al principio no sentía miedo de decir lo que pensaba, bien dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Sin embargo, la gente me hacía sentir incómoda o me adjuntaban características como “impertinente”; entonces la vergüenza de ser rechazada, excluida o ignorada se apoderó de mí. Desde pequeña se puede vivir la soledad, la vida se va llenando de miedos impuestos.
Después de sufrir problemas de salud, provocando que fuera una niña delgada y de baja estatura, superé esa etapa. Mi peso aumentó y trajo consigo burlas y apodos hirientes; no sabía cómo ocultar mi dolor, lo convertí en vergüenza y odio hacia mi propio cuerpo. “Las niñas delgadas son más bonitas”, lo escuchaba y veía en la televisión.
Llegaron los cambios de la adolescencia a mi cuerpo, las caderas se ensancharon, brotaron vellos en lugares “íntimos”. Todos los cuerpos de mis amigas y compañeras eran distintos, pero los hombres prestaban atención a ciertas cualidades físicas destacando qué era “sensual o bonito” en una chica. Otra vez el odio hacia mi cuerpo creció, sentía vergüenza de no poder lograr ser lo suficientemente delgada, o no tener un busto más grande. También me sentía avergonzada por los vellos en las axilas o en mis piernas, así que decidida tomé el rastrillo de mi hermano para poder lucir unas piernas “suaves y sexys”. De la misma forma empecé a depilarme las cejas para que lucieran más definidas y quitarme el bigote porque eso era “varonil”.
Mi interés por saber qué ropa me quedaba mejor, lucir bien, iba en aumento. A pesar de eso, conservé mi esencia, tampoco me interesó lucir femenina o muy arreglada, me agradaba sentirme “diferente” a otras chicas, lo que provocó consecuencias y comentarios despectivos por no cumplir las expectativas de mi familia y personas cercanas. “Deberías usar faldas, sandalias; los tenis no son femeninos”, eran palabras que escuchaba día a día, sin embargo resistí pero quedó en mí cierta incertidumbre, una inseguridad por no actuar de determinada forma.
Exploré mi cuerpo. En una sociedad hipersexualizada, llena de ideales de amor y relaciones sexuales, estaba expuesta a innumerables dudas y mi curiosidad no resistió. Sin embargo, esto aumentaba mis inseguridades y vergüenza de mi cuerpo. Las escenas de sexo o en los videos pornográficos las mujeres lucían impecables, sin vellos, estrías o celulitis, ¿algún día lograría tener una figura así? El hecho de estar “íntimamente” con un hombre, un encuentro sexual, me causaba pavor, me preocupaba no ser “sexy” para esa persona, que mi cuerpo no pudiese ser para su consumo y satisfacción. Me olvidé de mí, odié mi cuerpo por no ser suficiente. El egoísmo masculino tampoco me enseñó a sentir placer, sólo era un objeto.
Estaba inmersa en una era donde las redes sociales tenían poder sobre mi cuerpo; donde se mostraban ideales de estética probablemente inalcanzable y las personas eran “libres” de hacer comentarios hacia mi físico o belleza. En cada foto debía lucir delgada y probablemente reluciendo mi mejor atributo, y esto no porque realmente me gustará sino por una aprobación masculina que me hicieron creer que era necesaria en mi vida. Pareciera una competencia que carece de sentido y sólo orilla a las mujeres a sentir vergüenza de sí mismas porque no puedes ser “perfectas”.
Me casé, no sé si fue por “amor” o presión social de quedarme sola y no poder “realizarme” como mujer. Sentía vergüenza al ver cómo mis amigas y primas se casaban y parecían las personas más felices. Tuve que asumir diversos roles en mi matrimonio, fingir en los momentos que ni siquiera podía ser yo misma. Otra vez dejé que una persona ajena a mí tuviera el control, un poder. Fui feliz, pero no plena, diversas veces desee huir, pero mi familia hubiese sentido pena por mí y probablemente quedaría marcada para toda la vida.
Tuve que formar la familia “perfecta”. A pesar de que prefería no tener hijos, mi esposo me presionó hasta que quedara embarazada. Sufrí, lloré y me enojé, pero nunca pude expresar lo que sentía, las personas no entenderían y sólo me juzgarían por no aceptar un rol que era mi obligación. Le enseñé a mis hijos a sentir la misma vergüenza que aprendí a lo largo de mi vida, lo hice inconscientemente. Dediqué mi vida a ser madre y trabajadora, no tuve descanso, pero si le hubiera hecho caso a mis instintos de huir, en el fondo la pena se apoderaría de mí, se ha apoderó de mí por tener esos pensamientos.
Mi piel se arrugó, las enfermedades se apoderaron de mi vida y mi cuerpo. Sentía pena por no poder lograr ser la misma persona de antes, por no poder valerme por mí misma. Cada día fue una lucha entre el odio que me tenía pero también el amor a la vida, porque aprendí a quererla. La vergüenza me acompañó cada día de mi existencia por no lograr lo que debía ser. Sin embargo tuve que luchar por quererme y querer lo que tenía. Hasta el último momento me sentí encadenada, esperando que con la muerte fuera libre de todo lo que me impuso esta sociedad.
Todos los días fui muy exigente conmigo, en las diversas etapa de mi vida conocí nuevos obstáculos que no me permitieron ser plena y tener control sobre mi propio cuerpo. Me siguieron enseñando de diversas formas de cómo sentir vergüenza de cada parte que me conformaba. Me enfrenté a una sociedad que tenía poder sobre mí, aunque lo ignoré, hasta en el más mínimo aspecto. Y sin embargo continué resistiendo y busqué formas de liberarme.
Al final de mi vida aprendí que existieron –y existirán– millones de mujeres que ignoraron cómo a lo largo de la historia la sociedad se ha impuesto ante el cuerpo femenino, incentivando la vergüenza, la pena, el miedo, el pudor y otros sentimientos o emociones que son una construcción social. Nunca se sabe porqué se siente vergüenza, te mantienes ajena de una lucha que dura toda una vida –la propia– y te seguirá afectando. Se debe enseñar a las niñas a dejar de sentir pena, porque se aprende, no se nace sintiéndose así. El autoconocimiento guiará a tener poder y control sobre el propio cuerpo. Me enseñaron a sentir vergüenza, pero yo decidí amarme.
Dedicado a todas las mujeres que luchan a diario. El amor propio es una auténtica revolución.