lunes, 8 de marzo de 2021

Yo no quiero ser mujer

Recuerdo verme al espejo y pensar “No quiero ser mujer”: no quería menstruar cada mes, no quería usar tacones, no quería aprender a maquillarme, no quería saber cocinar, no quería servir a un hombre. Mi concepción de mujer se resumía a esa feminidad que me impusieron por todos lados. “El deber ser” asfixiaba, yo quería ser libre.

            Crecí y he aprendido una definición más amplia y rebelde sobre ser mujer. Sin embargo, siento miedo de ser mujer: no quiero que me maten, no quiero que me violen, no quiero que mutilen, no quiero que me vendan, no quiero que me prostituyan, no quiero que me sometan, no quiero que me obliguen a ser madre. Sigo queriendo ser libre junto a mis hermanas.

            Yo no quiero ser mujer en un país feminicida, no quiero ser mujer donde importen más los monumentos que las niñas explotadas sexualmente, que las niñas violadas y obligadas ser madres. No queremos este país -ni mundo- para nuestras hijas, nuestras nietas, nuestras hermanas. Por eso luchamos y resistimos, por eso gritamos y lloramos. En nuestro dolor está el enojo, la indignación.

            No queremos ser mujeres sumisas y calladas, queremos ser mujeres rebeldes, que resisten y existen por y para las otras. Sí queremos ser mujeres, estamos sanado nuestras heridas, estamos construyendo y luchando para recordar a las que ya no están y proteger a las que están a nuestro lado. Porque somos mujeres no sólo hoy, estamos para siempre, por nosotras. 

martes, 2 de marzo de 2021

Feministlán: tierra de nadie, lucha de todas

Existe una lucha constante contra el patriarcado, pero también en contra del feminismo. ¿Qué tipo de feminismo es el mejor? ¿Debería existir un solo tipo de feminismo? 

Al definir y tratar de encontrar un feminismo convertiríamos en dogma nuestra lucha. Es imposible e injusto querer homogeneizar y hegemonizar un movimiento tan diverso (¿es la palabra correcta?); no todas las mujeres vivimos bajo las mismas dinámicas, costumbres, necesidades y -sobre todo- opresiones y violencias. Los feminismos abrazan y salvan a cada una de las mujeres que (re)conocen lo que las violenta y limita. 

Pero ¿quiénes son las mujeres? Otra discusión (¿académica?) que ha estado presente en los feminismos; por quién debemos luchar, a quiénes debemos considerar o atacar. Sin embargo, queda claro que seguimos reproduciendo las formas violentas que ejerce el patriarcado con nosotras: ridiculizamos, señalamos, exhibimos, funamos. Nos sentimos con la autoridad moral para proclamarnos ante lo que está bien o mal, lo correcto e incorrecto dentro del movimiento sin importar si vulnerabilizamos a otra(s).

Aún así, es probable que se necesite delimitar aspectos y posicionamientos dentro de los feminismos, el obstáculo es lograrlo. Resistimos a una lucha constante -con nosotras mismas y con los y las otras- que pareciera que carece de pilares (¿son necesarios?). A pesar de los problemas que se puedan visualizar, afuera (¿del debate teórico?) existen mujeres, colectivas, asociaciones que luchan, apoyan e impulsan a las mujeres, nos salvan.

Tanto la teoría y la intervención es necesaria en esta(s) lucha(s) pero se siente violento cada vez que de manera disruptiva nos señalan y nos humillan para hacernos sentir que estamos mal. Tampoco considero del todo posible hacer una revolución con pura paz y tranquilidad. Se necesita incomodar, cuestionar, romper y crear, pero estamos aprendiendo a hacerlo.

Pertenecemos a Feministlán: tierra de nadie, lucha de todas. Donde cada día resistimos y existimos. Somos diversas y sanamos nuestras heridas juntas, aunque sea necesario el caos.

jueves, 14 de mayo de 2020

(Re)Conocer

¿De cuántas formas podemos conocer, aprender, explorar el mundo? ¿o el universo? De formas infinitas, unas ya fueron creadas, pero estoy segura de que iremos descubriendo otras maneras. Sin embargo, existe una en específico que es hegemónica en la actualidad: la ciencia (en referencia desde una raíz positivista). La manera de hacer ciencia ha llevado siglos para establecerse, para guiarnos a conocer “la verdad” desde la perspectiva más “adecuada” y “correcta”. 
Desde pequeños vamos a una escuela –cosa que se extiende por años– para que nos enseñen a ver el mundo, a conocerlo. Es claro que aprendemos de otras maneras, en nuestra casa, observando, con nuestros amigos o compañeros, pero la forma más legítima es en una institución educativa (y que está en todos lados). Nos han enseñado a seguir una línea, a basarnos en verdades para poder hablar, argumentar lo que decimos a través de hechos “reales”; eso y más no ha dado nuestra forma de educar.
¿Hay algo malo en esto? Probablemente. Mucho se ha hablado de lo cuadrado que puede ser el conocimiento –o las formas de adquirirlo/darlo– en el que estamos inmersos. Nos limitan a formas hegemónicas de ver el mundo; si deseamos encontrarnos, explorar, otros tipos de saberes estaremos metidos en charlatanerías, o formas poco “objetivas” de percibir lo que nos rodea. ¿La ciencia puede convivir con otros tipos de conocimientos? Espero que sí, espero que estemos construyendo una ciencia que sea menos elitista, racista, misógina, entre otras características que no incluye la diversidad existente.
Estando inmersa en el ambiente universitario (además de que considero que estoy en una escuela de ciencias sociales y humanidades donde debería haber diversidad y mentes abiertas) he visto cómo legitiman este conocimiento, cómo se proclaman dueños de la verdad, utilizando esto como un arma de poder, de superioridad. Yo misma he sido parte del juego, en un círculo vicioso con la meritocracia y el egoísmo de saber. La academia se ha podrido, ha utilizado tecnicismos para ocultarse de todos, pero a la vez, querer interpretar a esos mismos de los cuales está tan alejada. ¿Queda esperanza?¿podemos construir a la academia siendo más humana, más nuestra? Ya lo respondí, espero seamos la mayoría los que nos enfrentemos a esto, a (re)construir la ciencia que nos haga pensar, conocer, cuestionarnos y no sólo a un sector privilegiado, sino que tenga mayor alcance e interés.
Estoy ansiosa por conocer el mundo, a la sociedad, no quiero limitar mi conocimiento a una escuela, a un libro, quiero sentirlo, verlo con mis propios ojos. Pero no niego que también me quedaré en la academia, me quedaré en este lugar privilegiado para crear desde adentro algo que rompa la barrera que se creó. No quiero hacer ciencia (conocimiento) para uno cuantos y tampoco apoderarme de la voz de otros. Deseo tener una voz con la cual diversos se sientan identificados y ellos mismo puedan alzar sus pensamientos, podamos construir en comunidad.

miércoles, 29 de abril de 2020

Pensar/Sentir en tiempos de crisis

Existe una pregunta –o al menos eso considero– que ronda en la mente de la mayoría de las personas: ¿qué pasará después de esta pandemia? Las respuestas automáticas que me surgen son dos: volver a la “normalidad” o un cambio (no sé si radical, gradual o mínimo). Entonces tengo más dudas y crisis, porque ¿qué es normalidad? Vivimos en un caos que nos absorbe, nos consume y nos mantiene en una incertidumbre. Sin embargo, los últimos días mis pensamientos se aferran a la idea de normalidad, me refugio pensando en los recuerdos de mis rutinas, de las personas que me rodean y me hacen querer estar en esa cotidianidad, pero caigo en cuenta, es una simple romanización de la situación para mantenerme a flote. No creo que sea a la única que le sucede o siente eso, sé que no.
            Al pensar en un cambio también siento ansiedad, pero de distinta manera. Es fácil quedarse en donde uno siempre ha estado, creemos que es lo único que tenemos, lo que nos protege y mínimo nos da un techo y qué comer. Aterra pensar que el resistir y aspirar a vivir de otras formas nos puede llevar a la ruina, que esa posibilidad vive en sueños o seremos excluidos. Nos han quitado nuestras ganas de rebelarnos y destruir para construir; no sólo nos enfrentamos a un virus determinado, luchamos contra un sistema enfermo que no duda en aprovecharse de la más mínima oportunidad para controlarnos, para vivir de y en nosotros. ¿Qué se necesita para salir de esta zona y crear otra? He llegado a pensar que se necesita lo peor, se necesita que nos orillen a sentir que no somos nada y lo poco que tenemos no existe. Suena fatal, pero también tengo la esperanza de que no sea la única opción, que nuestra mente coaccionada deje de limitarnos.
            Entiendo que la mayoría de personas esté enfocada a pensar en el coronavirus desde la perspectiva médica, que busque estadísticas y se preocupe por medidas sobre salubridad, porque el mismo sistema –y no siempre– nos condiciona a preocuparnos por nuestra salud física y no por la psicológica o el bienestar social. Pero este encierro nos da consecuencias (que no deberían ser totalmente negativas) para pensar, situación que también termina siendo un privilegio, como yo escribiendo desde mi computadora, mientras otros se limitan a pensar desde sus camas qué van a comer mañana. No todos vivimos igual el confinamiento.
            No quiero que mis dudas se queden en ideas, no quiero sentirme privilegiada por poder pensar esto, tengo toda una vida, y quizá muchas más crisis, para crear, destruir y compartir. Quiero construir redes, dialogar y resistir con otros, no quiero que esto me consuma.

viernes, 27 de marzo de 2020

Feminismo en tiempos de reggaetón

Ya no estamos en el 2012 donde todas las personas odiábamos al reggaetón pero en el fondo nos sabíamos las letras de las canciones. Es el 2020, la gente acepta públicamente –hasta parece presión social– que le gusta perrear, y ¿cómo no hacerlo con un ritmo tan pegajoso y envolvente? El denominado “sonido urbano” se ha apoderado de las calles y bocinas para posicionarse en el gusto de la sociedad en general, me atrevo a decir en todo el mundo, pero eso ya es generalizar.
            No quiero parecer revista de adolescentes idolatrando al reggaetón, al contrario, cometeré suicidio social al criticarlo abiertamente. Pero, Caro… ¿cómo te atreves a cometer tal pecado? Parto aceptando que soy feminista y socióloga –que horrible es limitarse y ponerse etiquetas– sin ver a esto como un dogma pero sí una guía para estar cuestionándose constantemente. La mayor parte de nuestros actos (si no es que todos) e ideas tienen un trasfondo social y político, no son inocentes.
            He observado que en los últimos meses se ha idolatrado la figura de Bad Bunny por ser “andrógino”, “deconstruido” y de “masculinidad flexible”, la razón: pintarse las uñas, vestir “diferente”, tener un discurso “feminista” y sacar canciones con temas relacionados a esto. Lo más notable ha sido su video musical Yo perreo sola donde se viste de mujer y muestra a mujeres de diferentes corporalidades perreando, mostrándose “incluyente”. Sin embargo, ¿qué dicen sus canciones?, como figura pública e influyente ¿sus actos son congruentes? No olvidemos que se ha relacionado en eventos de páginas pornográficas y que todo su discurso sigue sexualizando –y ridiculizando– el cuerpo femenino. 
            No es el único artista, es toda una industria, y a todos nos gusta perrear, pero hay que cuestionarse la cultura que existe y cómo el mismo capitalismo los guía a que se apoderen de los discursos de alternatividad, el feminismo es un ejemplo claro y actual. Si realmente tienen un interés por estos temas, los hombres de la industria musical deberían estar cuestionándose sus masculinidades, dejar de lado el discurso hegemónico y patriarcal que desde lo más simple y común oprime y violenta a las mujeres. No sigamos este discurso de “empoderamiento” que lo único que les interesa es el consumo de cuerpos deliberadamente.

lunes, 15 de julio de 2019

Me enseñaron a sentir vergüenza



                                                                                           Carolina Ojeda Aldrete

Recuerdo haber escuchado a mi madre regañándome por traer la ropa sucia, yo tenía 4 años y lo único que me interesaba era jugar con la tierra en el parque. Sus palabras hacían referencia a que “las niñas bonitas siempre están limpias y peinadas”. Me enseñó a que los zapatos debían combinar con mi bolso o cinturón, mi vestido siempre debía lucir impecable; yo era solamente una niña perdida en las reglas de los adultos.
Odiaba tener que soportar los jalones de cabello mientras mi mamá me cepillaba; según ella tenía un pelo muy rebelde, pero siempre lograba hacerme algún peinado para verme “tierna y arreglada”. Hasta que un día logré ponerle fin a mi sufrimiento, corté mi trenza con unas tijeras que encontré en un cajón; logré que mi cabello fuera corto. Mi madre entendió –a pesar de enojarse conmigo– que había llegado el fin de los peinados. Sin embargo, durante los siguientes años no pararon las descripciones despectivas sobre el aspecto de mi pelo rizado, ya fuera en la escuela o en mi misma casa; nunca lograba verme “bien” a pesar de ser una simple niña.
Durante la mayor parte de mi infancia fui inoportuna con mis comentarios en cualquier situación, o al menos eso decían mis padres. Al principio no sentía miedo de decir lo que pensaba, bien dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Sin embargo, la gente me hacía sentir incómoda o me adjuntaban características como “impertinente”; entonces la vergüenza de ser rechazada, excluida o ignorada se apoderó de mí. Desde pequeña se puede vivir la soledad, la vida se va llenando de miedos impuestos.
Después de sufrir problemas de salud, provocando que fuera una niña delgada y de baja estatura, superé esa etapa. Mi peso aumentó y trajo consigo burlas y apodos hirientes; no sabía cómo ocultar mi dolor, lo convertí en vergüenza y odio hacia mi propio cuerpo. “Las niñas delgadas son más bonitas”, lo escuchaba y veía en la televisión.
Llegaron los cambios de la adolescencia a mi cuerpo, las caderas se ensancharon, brotaron vellos en lugares “íntimos”. Todos los cuerpos de mis amigas y compañeras eran distintos, pero los hombres prestaban atención a ciertas cualidades físicas destacando qué era “sensual o bonito” en una chica. Otra vez el odio hacia mi cuerpo creció, sentía vergüenza de no poder lograr ser lo suficientemente delgada, o no tener un busto más grande. También me sentía avergonzada por los vellos en las axilas o en mis piernas,  así que decidida tomé el rastrillo de mi hermano para poder lucir unas piernas “suaves y sexys”. De la misma forma empecé a depilarme las cejas para que lucieran más definidas y quitarme el bigote porque eso era “varonil”.
Mi interés por saber qué ropa me quedaba mejor, lucir bien, iba en aumento. A pesar de eso, conservé mi esencia, tampoco me interesó lucir femenina o muy arreglada, me agradaba sentirme “diferente” a otras chicas, lo que provocó consecuencias y comentarios despectivos por no cumplir las expectativas de mi familia y personas cercanas. “Deberías usar faldas, sandalias; los tenis no son femeninos”, eran palabras que escuchaba día a día, sin embargo resistí pero quedó en mí cierta incertidumbre, una inseguridad por no actuar de determinada forma.
Exploré mi cuerpo. En una sociedad hipersexualizada, llena de ideales de amor y relaciones sexuales, estaba expuesta a innumerables dudas y mi curiosidad no resistió. Sin embargo, esto aumentaba mis inseguridades y vergüenza de mi cuerpo. Las escenas de sexo o en los videos pornográficos las mujeres lucían impecables, sin vellos, estrías o celulitis, ¿algún día lograría tener una figura así? El hecho de estar “íntimamente” con un hombre, un encuentro sexual, me causaba pavor, me preocupaba no ser “sexy” para esa persona, que mi cuerpo no pudiese ser para su consumo y satisfacción. Me olvidé de mí, odié mi cuerpo por no ser suficiente. El egoísmo masculino tampoco me enseñó a sentir placer, sólo era un objeto.
Estaba inmersa en una era donde las redes sociales tenían poder sobre mi cuerpo; donde se mostraban ideales de estética probablemente inalcanzable y las personas eran “libres” de hacer comentarios hacia mi físico o belleza. En cada foto debía lucir delgada y probablemente reluciendo mi mejor atributo, y esto no porque realmente me gustará sino por una aprobación masculina que me hicieron creer que era necesaria en mi vida. Pareciera una competencia que carece de sentido y sólo orilla a las mujeres a sentir vergüenza de sí mismas porque no puedes ser “perfectas”.
Me casé, no sé si fue por “amor” o presión social de quedarme sola y no poder “realizarme” como mujer.  Sentía vergüenza al ver cómo mis amigas y primas se casaban y parecían las personas más felices. Tuve que asumir diversos roles en mi matrimonio, fingir en los momentos que ni siquiera podía ser yo misma. Otra vez dejé que una persona ajena a mí tuviera el control, un poder. Fui feliz, pero no plena, diversas veces desee huir, pero mi familia hubiese sentido pena por mí y probablemente quedaría marcada para toda la vida.
Tuve que formar la familia “perfecta”. A pesar de que prefería no tener hijos, mi esposo me presionó hasta que quedara embarazada. Sufrí, lloré y me enojé, pero nunca pude expresar lo que sentía, las personas no entenderían y sólo me juzgarían por no aceptar un rol que era mi obligación. Le enseñé a mis hijos a sentir la misma vergüenza que aprendí a lo largo de mi vida, lo hice inconscientemente. Dediqué mi vida a ser madre y trabajadora, no tuve descanso, pero si le hubiera hecho caso a mis instintos de huir, en el fondo la pena se apoderaría de mí, se ha apoderó de mí por tener esos pensamientos.
Mi piel se arrugó, las enfermedades se apoderaron de mi vida y mi cuerpo. Sentía pena por no poder lograr ser la misma persona de antes, por no poder valerme por mí misma. Cada día fue una lucha entre el odio que me tenía pero también el amor a la vida, porque aprendí a quererla. La vergüenza me acompañó cada día de mi existencia por no lograr lo que debía ser. Sin embargo tuve que luchar por quererme y querer lo que tenía. Hasta el último momento me sentí encadenada, esperando que con la muerte fuera libre de todo lo que me impuso esta sociedad.
Todos los días fui muy exigente conmigo, en las diversas etapa de mi vida conocí nuevos obstáculos que no me permitieron ser plena y tener control sobre mi propio cuerpo. Me siguieron enseñando de diversas formas de cómo sentir vergüenza de cada parte que me conformaba. Me enfrenté a una sociedad que tenía poder sobre mí, aunque lo ignoré, hasta en el más mínimo aspecto. Y sin embargo continué resistiendo y busqué formas de liberarme.
Al final de mi vida aprendí que existieron –y existirán– millones de mujeres que ignoraron cómo a lo largo de la historia la sociedad se ha impuesto ante el cuerpo femenino, incentivando la vergüenza, la pena, el miedo, el pudor y otros sentimientos o emociones que son una construcción social. Nunca se sabe porqué se siente vergüenza, te mantienes ajena de una lucha que dura toda una vida –la propia– y te seguirá afectando. Se debe enseñar a las niñas a dejar de sentir pena, porque se aprende, no se nace sintiéndose así. El autoconocimiento guiará a tener poder y control sobre el propio cuerpo. Me enseñaron a sentir vergüenza, pero yo decidí amarme.



Dedicado a todas las mujeres que luchan a diario. El amor propio es una auténtica revolución.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Siempre es importante expresarlo

Todos los días me surgen ideas locas, y me pregunto ¿alguien más las habrá pensado? Probablemente sí, probablemente no. Mis peculiaridades me han impulsado a escribir, hablar, gritar y expresar todo lo que me atormenta o me pone feliz, porque tal vez —que cliché— otra persona se identifique, se ría o la induzca a hacer su propio análisis. Tal vez la sociología y la "experiencia" abrieron en mí una puerta (o una ventana) para divagar en este mundo lleno de particularidades inexplicables, hasta el momento.
Todo lo que escribo son letras que vuelan con el tiempo, que el otoño se lo lleva. 

Yo no quiero ser mujer

Recuerdo verme al espejo y pensar “ No quiero ser mujer ”: no quería menstruar cada mes, no quería usar tacones, no quería aprender a maquil...