Existe una pregunta –o al menos eso considero– que ronda en la mente de la mayoría de las personas: ¿qué pasará después de esta pandemia? Las respuestas automáticas que me surgen son dos: volver a la “normalidad” o un cambio (no sé si radical, gradual o mínimo). Entonces tengo más dudas y crisis, porque ¿qué es normalidad? Vivimos en un caos que nos absorbe, nos consume y nos mantiene en una incertidumbre. Sin embargo, los últimos días mis pensamientos se aferran a la idea de normalidad, me refugio pensando en los recuerdos de mis rutinas, de las personas que me rodean y me hacen querer estar en esa cotidianidad, pero caigo en cuenta, es una simple romanización de la situación para mantenerme a flote. No creo que sea a la única que le sucede o siente eso, sé que no.
Al pensar en un cambio también siento ansiedad, pero de distinta manera. Es fácil quedarse en donde uno siempre ha estado, creemos que es lo único que tenemos, lo que nos protege y mínimo nos da un techo y qué comer. Aterra pensar que el resistir y aspirar a vivir de otras formas nos puede llevar a la ruina, que esa posibilidad vive en sueños o seremos excluidos. Nos han quitado nuestras ganas de rebelarnos y destruir para construir; no sólo nos enfrentamos a un virus determinado, luchamos contra un sistema enfermo que no duda en aprovecharse de la más mínima oportunidad para controlarnos, para vivir de y en nosotros. ¿Qué se necesita para salir de esta zona y crear otra? He llegado a pensar que se necesita lo peor, se necesita que nos orillen a sentir que no somos nada y lo poco que tenemos no existe. Suena fatal, pero también tengo la esperanza de que no sea la única opción, que nuestra mente coaccionada deje de limitarnos.
Entiendo que la mayoría de personas esté enfocada a pensar en el coronavirus desde la perspectiva médica, que busque estadísticas y se preocupe por medidas sobre salubridad, porque el mismo sistema –y no siempre– nos condiciona a preocuparnos por nuestra salud física y no por la psicológica o el bienestar social. Pero este encierro nos da consecuencias (que no deberían ser totalmente negativas) para pensar, situación que también termina siendo un privilegio, como yo escribiendo desde mi computadora, mientras otros se limitan a pensar desde sus camas qué van a comer mañana. No todos vivimos igual el confinamiento.
No quiero que mis dudas se queden en ideas, no quiero sentirme privilegiada por poder pensar esto, tengo toda una vida, y quizá muchas más crisis, para crear, destruir y compartir. Quiero construir redes, dialogar y resistir con otros, no quiero que esto me consuma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario